El arte de la Catedral desde la fe

Retablo de Santa TeresaEl año jubilar teresiano, declarado por el papa Francisco con ocasión del quinto centenario del nacimiento de la santa abulense (28 de marzo de 1515-2015), es una buena ocasión para acercarnos al retablo carmelitano, de estilo barroco, que se encuentra en la Catedral de Oviedo en el lado sur del crucero de la epístola. Es obra del asturiano Manuel de Pedredo y la imagen de Santa Teresa que lo preside del escultor, también asturiano, Luis Fernández de la Vega. Fue policromada por el portugués Juan de Fagundis.

El resto de imágenes corresponden, en la cabecera superior, a San Elías, profeta en el monte Carmelo e inspirador de la Orden que la Santa reformó. A la derecha está la del franciscano San Pedro de Alcántara que la orientó en la renovación que ella deseaba llevar a cabo y, a su izquierda, San Juan de la Cruz, gran místico español que, movido por un deseo de mayor perfección, iniciará en la rama masculina los criterios que animaban a la santa castellana de llevar una vida, sencilla y fraterna, vivida en honor de Jesucristo. Ambas son obra de Juan de Villanueva.

Fue levantado en el siglo XVII cuando se trataba el patronazgo de la Santa de Ávila sobre los reinos de España.

Frente a la oposición de algunos que se oponían por no estar todavía canonizada, finalmente, una vez elevada a los altares, el papa Urbano VIII, a instancias del rey Felipe IV y “sin perjuicio o innovación alguna del Patronato de Santiago Apóstol en todos los reinos de España”, así lo ratificará mediante un Breve firmado el 21 de julio de 1627.

Es de notar el relieve que ocupa la calle central del bando y que representa la transverberación de Santa Teresa; la superficie se divide en dos partes: la de la derecha está ocupada por el desmayo de la santa Teresa a la que prestan auxilio dos ángeles; la de la izquierda por el Niño Jesús, que lanza una flecha, como signo de ternura, hacia su corazón que, de esta manera, quedará traspasado por el amor divino. Al Niño le acompañan su madre Santa María y San José junto con otro ángel que lleva el carcaj. En ese momento el cielo se abre, se contempla la gloria de Dios de quien emana el Espíritu Santo en forma de paloma a la vez que, otro ángel, desciende con la pluma y una corona de flores.

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Esta experiencia mística que tuvo en el monasterio de la Encarnación de Ávila, en el que era monja profesa, la recoge en el libro de su “Vida” donde dice:

“Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla…. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios… Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento” (Vida 29,13).

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